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Pitufando la ciudad

Pitufando la ciudad

Mucho estaban tardando los “suspiritos azules” en dar el salto a la pantalla grande. El proyecto tardó porque la familia del franco-belga Peyo, heredera del azul legado, guardaba bajo siete llaves todo lo relacionado con sus derechos por miedo a que rompieran el encanto de su creación, que al igual que los Fraggel Rock o los Teleñecos, son un fenómeno cultural en el imaginario de la generación de los ochenta y hacían hincapié en valores que hoy poco se ven en el mundo animado infantil.

 Peyo puede seguir descansando en paz. Sus Pitufos se convierten en una película entretenida, apta para todos los públicos, inocente en sus formas y contenido, y con fallos que pudieron pulirse para hacerla mejor, pero digna en su continente y con su corazoncito, con mensaje y disfrute absoluto para un público infantil y con la esencia de su serie animada.

 La excusa de sacar a los Pitufos más emblemáticos de la aldea al corazón de la capital de la deshumanidad más absoluta resulta un acierto. A partir de aquí la película camina por sí sola, a veces a tientas a veces con acierto: familia “bendecida” por la presencia pitufa, un Hank Azaria que hace un Gargamel saladísimo (lo mejor de la película su “amistad” con capitalistas desalmados de la gran manzana) y algunos gags para los mayores que no pasan desapercibidos (genial el chiste del Pitufo bi-polar)

Restando la obviedad para hacerla potable y entendible para los más pequeños en su guión, la desmesura de su director en los efectos especiales con el gato Azrael, el forzado homenaje a Peyo en medio de la película, y una banda sonora que a veces no viene a cuento (AC/DC en los Pitufos?) Los Pitufos se deja ver, es entretenida, tierna, tiene buenos puntos, actualiza a los pitufos en el siglo XXI con criterio y buen gusto  y los pequeños la pasan bien. (ya es demasiado comparado con lo poco prometedor que parecía su trailer)

 

Aviso de quien escribe: Los adultos tendrán la seguridad de que tendrán dolor de cabeza las siguientes horas, pues la canción del lála, lalalalá…es jodidamente pegadiza.

 

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